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La Presentación del Señor - Febrero 02

"Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza lega al confin de la tierra; tu diestra está llena de justicia". 
(Sal 47, 10-11)

Hermanos, este domingo nos revelará a Jesús como ofrenda llevada al Templo, signo del cumplimiento de las promesas de Dios. Con este gesto, se hace realidad la profecía de Malaquías, pues muestra a Jesús como el mensajero de la Alianza entre Dios y la Humanidad, que al estilo de un fundidor de plata purificará al pueblo de las intenciones perversas. Tal purificación se obrará con el sacrificio de su vida en la cruz, que, según el autor de la Carta a los Hebreos, es un gesto que confirma la humanidad de Jesús y su rol de sumo sacerdote solidario y compasivo ante Dios. Por ello, debemos abrir la puerta de nuestra vida y tener un corazón libre de doblez para que el Señor ingrese como Rey de la Gloria. Durante esta semana que comienza, los Salmos que propone la liturgia serán una bella oportunidad para dejar que Jesús refine el oro y la plata de nuestro corazón, pues nos llevarán a reconocer nuestra pequeñez y debilidad ante Dios, identificando las actitudes que nos alejan del Evangelio. De igual modo, nos ofrecerán un camino de crecimiento en la fe para proclamar que es Jesús, y no el pecado, el verdadero Rey de nuestra vida. Que siguiendo a Jesús no tengamos temor de ofrecer nuestra vida al servicio del Padre, para que, junto a Cristo, seamos luz de nuestra sociedad para hacer brillar la Verdad en cada corazón. Oremos de manera especial por las religiosas y religiosos que han consagrado su vida al Señor, para que, a través de su entrega, sean profecía evangélica que rescata al Ser Humano del pecado y denuncia con vehemencia los focos de corrupción y egoísmo que oprimen nuestro mundo.

La Presentación del Señor - Febrero 02

"Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Como tu renombre, oh Dios tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia" (Sal 47, 10-11) 

Bendición y Procesión de las Candelas
Oración: Oh Dios, fuente y origen de toda luz, que has mostrado hoy a Cristo, Luz de las naciones, al justo Simeón: dignate santificar con tu bendición estos cirios; acepta los deseos de tu pueblo que, llevándolos encendidos en las manos, se ha reunido para cantar tus alabanzas, y concédenos caminar por la senda del bien, para que podamos llegar a la luz eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor 

Hoy se cumplen 40 días contados a partir del 25 de diciembre, fecha del Nacimiento de Jesús. El origen de esta fiesta, con la bendición de los cirios y la procesión, hay que situarlo en Jerusalén en el siglo IV. Sobre esta Fiesta litúrgica, el Papa Francisco, en la Homilía del 2 de febrero de 2017, realiza la siguiente reflexión: "Con ese rito, a los 40 días de nacer, el Señor fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente. El encuentro de Dios con su pueblo despierta la alegría y renueva la esperanza. El canto de Simeón es el canto del hombre creyente que, al final de sus días, es capaz de afirmar: Es cierto, la esperanza en Dios nunca defrauda (Rm 5, 5). Simeón y Ana, en la vejez, son capaces de una nueva fecundidad, y lo testimonian cantando: la vida vale la pena vivirla con esperanza porque el Señor mantiene su promesa; y será, más tarde, el mismo Jesús quien explicará esta promesa en la Sinagoga de Nazaret: los enfermos, los detenidos, los que están solos, los pobres, los ancianos y los pecadores también son invitados a entonar el mismo canto de esperanza. Jesús está con ellos, Él está con nosotros (Lc 4, 18-19). Este canto de esperanza lo hemos heredado de nuestros mayores, ellos nos han introducido en esta dinámica. En sus rostros, en sus vidas, en su entrega cotidiana y constante pudimos ver cómo esta alabanza se hizo carne". Junto a esta Solemnidad, celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que es un encuentro con Cristo. Así, quien sigue al Señor se pone en el camino de la obediencia, imitando a Jesús que se abajó haciendo suya la Voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (Flp 2, 7-8)

La Presentación del Señor - Febrero 02

"Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega el confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia". (Sal 47, 10-11)

La fiesta de la Presentación del Señor Jesús en el templo es llamada también la fiesta del encuentro. La sagrada liturgia muestra que Jesús va al encuentro de su pueblo. Cuando María Santísima y San José llevaron su niño al Templo de Jerusalén, tuvo lugar el primer contacto entre Jesús su pueblo, representado por los dos ancianos Simeón y Ana. La ley de Moisés mandaba que a los 40 días de nacido un niño fuera presentado en el templo. Hoy, dos de febrero, se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre, fecha en la gue celebramos el Nacimiento de Jesús. Navidad, Epifania y la Presentación del Señor forman parte de un tríptico litúrgico. El origen de esta fiesta, con la bendición de los cirios y la procesión, hay que situarlo en Jerusalén, en siglo IV. La Presentación de Jesús en el templo tenía un marcado signo mariano: la purificación de la Virgen Maria. Junto a esta Solemnidad celebramos la Jornada Mundial de la vida Consagrada y como exhorta el Papa Francisco "el fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla y por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación. Así, el depósito, el carisma de una familia religiosa, queda custodiado tanto por la obediencia como por la sabiduría. Y este camino nos salva de vivir nuestra consagración de manera "light", desencarnada, como si fuera una teoría, que reduce la vida religiosa a una caricatura en la que se da un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia". Que en esta Solemnidad de la Presentación del Señor elevemos nuestra oración ferviente por todos los religiosos y religiosas, para sigan entregando su vida y su servicio por el bien de la lglesia.

La Presentación del Señor

Homilía del Santo Padre Francisco
Hoy ante nuestra mirada se presenta un hecho sencillo, humilde y grande: Jesús es llevado por María y José al templo de Jerusalén. Es un niño como muchos, como todos, pero es único: es el Unigénito venido para todos. Este Niño nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios: Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre. 


Espera, profecía y cumplimiento: Simeón, Ana y Jesús 
A la fiesta de hoy, sobre todo en Oriente, se le llama fiesta del encuentro. En el Evangelio vemos diversos encuentros (Lc 2, 22-40). En el templo, Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos al suyo. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de lsrael y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana quien, ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía; Jesús es la novedad y el cumplimiento: El se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios. En este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza.

Desde lo anterior podemos ver el inicio de la vida consagrada. Los consagrados están llamados sobre todo a ser hombres y mujeres del encuentro. De hecho, la vocación no está motivada por un proyecto pensado "con cálculo", sino por una gracia del Señor que nos alcanza a través de un encuentro que cambia la vida. Quien encuentra verdaderamente a Jesús no puede quedarse igual que antes. El es la novedad que hace nuevas todas las cosas. Quien vive este encuentro se convierte en testigo y hace posible el encuentro para los demás, y también se hace promotor de la cultura del encuentro, evitando la auto-referencialidad que nos hace permanecer encerrados en nosotros mismos. 

Jesús comparte nuestra vida, y desde allí nos salva
La Carta a los Hebreos nos recuerda que el mismo Jesús, para salir a nuestro encuentro, no dudó en compartir nuestra condición humana: "Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre así también participó Jesús de nuestra carne y sangre" (v. 14). Jesús no ha salvado "desde el exterior", no se ha quedado fuera de nuestro drama sino que ha querido compartir nuestra vida. Los consagrados están llamados a ser signos concretos y proféticos de esta cercanía de Dios de este compartir la condición de fragilidad, de pecado y de heridas del hombre de nuestro tiempo. Todas las formas de vida consagrada, cada una según sus características, están llamadas a estar en permanente estado de misión, compartiendo "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren" (Gaudium et spes, 1).

El Evangelio nos dice también que "su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño" (v. 33). José y María preservan el estupor por este encuentro lleno de luz y de esperanza para todos los pueblos. Y también nosotros, como cristianos y como personas consagradas, somos custodios del estupor: uno que pide ser renovado siempre, cuidado con la costumbre en la vida espiritual, cuidado con cristalizar nuestros carismas en una doctrina abstracta: los carismas de los fundadores -como he dicho otras veces- no son para sellar en una botella, no son piezas de museo. Nuestros fundadores han sido movidos por el Espíritu y no han tenido miedo de ensuciarse las manos con la vida cotidiana, con los problemas de la gente, recorriendo con coraje las periferias geográficas y existenciales. No se detuvieron ante los obstáculos y las incomprensiones de los demás, porque mantuvieron en el corazón el estupor por el encuentro con Cristo. No han domesticado la gracia del Evangelio; han tenido siempre en el corazón una sana inquietud por el Señor, un deseo vehemente de llevarlo a los demás, como han hecho María y José en el templo. También hoy nosotros estamos llamados realizar elecciones proféticas y valientes.

Gratitud con el Espíritu Santo, que anima a la Iglesia con la diversidad de carismas.
Finalmente, de la fiesta de hoy aprendemos a vivir la gratitud por el encuentro con Jesús y por el don de la vocación a la vida consagrada. Agradecer, acción de gracias: Eucaristía. Qué hermoso es encontrarse el rostro feliz de personas consagradas, quizás ya de avanzada edad como Simeón o Ana, felices y llenas de gratitud por la propia vocación. Esta es una palabra que puede sintetizar todo lo que hemos vivido en este Año: gratitud por el don del Espíritu Santo, que siempre anima a la lglesia a través de los diversos carismas. 

El Evangelio concluye con esta expresión: "El Niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con El" (v. 40). Que el Señor Jesús pueda, por la maternal intercesión de María, crecer en nosotros, y aumentar en cada uno el deseo del encuentro, la custodia del estupor y la alegría de la gratitud Entonces los demás serán atraídos por su luz, y podrán encontrar la misericordia del Padre.