Amadísimo Dios de infinita caridad, Tú eres nuestro Creador y Padre, y aun así nos lo has entregado todo en la persona de tu adorado Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Te damos gracias Dios misericordioso, porque nos miras con bondad y no permites que tu ira caiga sobre nosotros, aun cuando renunciamos a nuestra fe por ir detrás de los bienes pasajeros que ofrece el mundo. Te suplicamos que nos ayudes a ser perseverantes en la esperanza, de manera que ninguna situación, por buena o difícil que se presente, nos separe de Ti. Madre del Cielo, Virgen Bendita, no permitas que el sueño del pecado o las distracciones del maligno nos hagan bajar la guardia en este camino hacia tu adorado Hijo. Amén
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Dios es Misericordia
"El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quien temere? El Señor es la defensa de mi vida: ¿ quien me hará temblar? Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen" (Sal 26, 2-2)
En numerosas ocasiones, cuando nos acomete una enfermedad o desgracia, pensamos que es un castigo de Dios a causa de nuestros pecados o mal comportamiento. Hoy en la primera lectura encontramos una situación como la detallada: "Has venido a mi casa para que recuerde yo mis pecados". En este año jubilar, no podemos olvidar que Dios se desborda en Misericordia ante la persona pecadora. Es cierto que el pecado está presente en la vida, pero Dios no nos recrimina por su causa; El devuelve la vida como lo hizo con aquel niño: "Mira, tu hijo está vivo". Por eso san Pablo en la segunda lectura quiere recordarnos que el Evangelio predicado no es obra humana sino divina. coloca su propia vida como ejemplo, citando su conversión, luego de ser perseguidor de la Iglesia. Nosotros debemos reconocer nuestras faltas con plena sinceridad con el fin de experimentar la vida nueva en El mismo Jesús, que "pasó por el mundo haciendo el bien", nos deja más lecciones por seguir, acrecentando nuestra fe y vida cristiana. Él sale al encuentro de la persona que sufre, tocando y sintiendo su dolor. Hermanos, en este domingo dejemos que la Palabra del Señor siga interpelando nuestra vida y por la invitación de la misericordia, reconociendo nuestros pecados y confiando en la bondad divina.
He venido a llamar a los pecadores

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús los oyó y les dijo: "No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Mateo 9, 9-13
Lo primero que debemos concluir es que no debemos dejarnos llevar por las apariencias. Muchos juzgamos solo con mirar el exterior, y Jesús nos enseña hoy a llamar a la mesa y llamar a nuestra vida al hermano que más lo necesita. Todos somos pecadores, en mayor o menor proporción, pero no hay nada mas fastidioso que comparar. Ante los ojos de Dios, lo que para nosotros puede ser muy malo, la justicia divina lo podrá observar de otra manera.
Este pasaje, y en general todo el evangelio, nos muestra que precisamente éstos son el objeto de la evangelización. Ciertamente que no es fácil esta tarea, pues exige de parte del evangelizador una conciencia pura y una espiritualidad centrada en Dios, de tal manera que pueda ser luz en las tinieblas. De otra manera, las tinieblas pueden opacar, e incluso, apagar su luz. Por otro lado, Jesús, nos invita a recibir con gran amor y misericordia a aquellos que, a pesar de sus limitaciones en la conversión, están buscando llevar una mejor relación con Dios.
Recordemos que la conversión es un proceso y un camino; hay algunos hermanos que van más adelante y otros más atrás. Recuerda que si tú eres de los que van adelante, no eres mejor que el que va atrás, y que con la medida (misericordia) que midas, con esa misma serás medido. Abre tu corazón a los pobres, a los pecadores, de la misma manera que a los que están buscando amar más a Dios, pero que se debaten aún en el pecado.
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