"Señor, da la paz a tus fieles; que tus profetas te sean leales. Escucha la súplica de tu siervo y la de tu pueblo Israel". (Si 36, 18)
Hermanos, en este domingo la Liturgia de la Palabra nos estimula a evaluar el testimonio que estamos dando a nuestros hermanos, puesto que por medio de él mostramos verdaderamente quiénes somos y qué tan grande es nuestra fe. El profeta Isaías nos invita a reconocer la bondad que Dios ha tenido con cada uno de nosotros al sanar nuestros oídos para escuchar la realidad y renunciar a todo aquello que es contrario al amor de Dios y al rescate de nuestra dignidad y la de nuestros hermanos. Asimismo, el Apóstol Santiago nos lleva a cuestionarnos acerca de nuestra fe en relación con nuestras obras, ya que si aceptamos seguir a Jesús, debemos ser consecuentes con nuestros actos, pues ellos deben probar nuestra fe. Por eso, Jesús, en el Evangelio, nos cuestiona y nos dice: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». Así como su testimonio es el que nos debe llevar a reconocerlo como lo hizo Pedro, nuestro testimonio debe hablar de Aquel a quien seguimos y de cuánto ha realizado en nuestra vida, pues esta es la única manera de presentar la autenticidad de nuestra vida cristiana y la eficacia de nuestra fe. Continuemos tras las huellas de Jesús y entreguémonos sin reserva ni condición a Dios y a nuestros hermanos, para que nuestra vida sea consecuente con la de Cristo. Durante esta semana, fundamentemos y fortalezcamos nuestra fe nuestras buenas obras, reconociendo que son la llave que abre las puertas a la vida eterna.
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