Que nuestros dones y talentos sean para el servicio de Dios y del prójimo

"Lo que has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra Ti y no pusimos por obra lo que nos habías mandado; pero da gloria a tu Nombre y trátanos según tu abundante misericordia". (Dn 3, 31. 29. 30. 43. 42)

Hermanos, el Señor, en su infinita generosidad, nos ha enriquecido con la posibilidad de desarrollar nuestros dones, capacidades y carismas para que los pongamos al servicio de los demás, de modo que juntos podamos gozar de las riquezas del Señor. Por eso el Libro de los Números nos recuerda que los dones que hemos recibido son para el bien de todos, no para ser reservados para unos pocos. De esta manera, es un deber cristiano trabajar por el crecimiento de todos para que reine la justicia y la equidad. Así como nos lo muestra el Apóstol Santiago, quien advierte a los ricos en bienes materiales y en talentos espirituales que, en el día del juicio, sus posesiones darán testimonio contra ellos si no los han usado en favor de los demás. El poseer riquezas no es un problema para nuestra salvación; el obstáculo está en no saberlas compartir con aquellos que carecen de ellas o en sentir envidia desmesurada por quienes las han conseguido. Precisamente, en el Evangelio, Jesús enseña a sus discípulos que es preciso apreciar el bien que realizan los otros, independientemente de quién lo realice, y enfatiza en tener cuidado de no ser objeto de escándalo para quienes creen; nuestra responsabilidad es rechazar el pecado para poder gozar de nuestra salvación y conducir a los demás al Reino de Dios. Hermanos, que durante esta semana, la Palabra de Dios nos ayude a evaluar nuestras acciones, a reconocer nuestros dones y a valorar los de los demás.

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