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Ascensión del Señor - Mayo 24

A los cuarenta días después de la Resurrección habiendo instruido a sus Apóstoles sobre la nobilísima misión de establecer el Reino de Dios en el mundo, Jesús iba a subir al cielo, donde le esperaban las glorias celestiales. Bendijo a su querida Madre, a los Apóstoles y discípulos y se despidió de ellos. Una nube lo ocultó de sus miradas.

Le acompañaban innumerables espíritus, los primeros frutos de la redención, que Él había sacado del Limbo. Las jerarquías angélicas salían al encuentro del Salvador del mundo.

Al situarse junto al Padre, toda la corte celestial entonó un himno glorioso de alabanza, como el que oyó Juan en sus visiones: “Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap 5, 12).

Jesús entró en los cielos para tomar posesión de su gloria. Mientras estaba en la tierra, gustaba siempre de la visión de Dios; pero únicamente en la Transfiguración se manifestó la gloria de su Humanidad Sacratísima, que, por la Ascensión, se colocó al lado del Padre celestial y quedó ensalzada sobre toda criatura humana.

La noche antes de morir oraba Jesús al Padre diciendo: “Te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me habías encargado. Ahora tu, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado desde antes que comenzara el mundo”(Juan 17, 4’’).

Por estar unida al Verbo Divino, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesús disfruta del derecho a la gloria eterna. Comparte con el Padre la infinita felicidad y poder de Dios. Justa recompensa por todo lo que hizo y mereció en la tierra. Humanidad elevada al Cielo por encima de toda criatura, porque en la tierra por debajo de todo se humilló.

Cuando acabe la lucha en esta vida, Jesús nos dará la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

Jesús subió a los cielos para ser nuestro Mediador ante el Padre. Allí está intercediendo por nosotros. Subió para rendir cuentas al Padre celestial de la gran obra que había acabado en la tierra. La Iglesia nació, la gracia brota en abundancia de su Cruz en el Calvario y se distribuye por los Sacramentos, la duda de justicia es pagada, la muerte y el infierno son vencidos, el Cielo es abierto y el hombre es puesto en el camino de salvación. Jesús merecía este glorioso recibimiento, al regresar a su hogar.
La Ascensión, además, es garantía de nuestra propia subida al Cielo, después del Juicio de Dios. Fue a prepararnos sitio en su Reino y prometió volver para llevarnos con Él.

Vayamos en espíritu con Jesús al Cielo y moremos allí. Sea esta nuestra aspiración ahora en fe, esperanza en caridad. Busquemos solamente los gozos verdaderos.

Ascención del Señor

"Galileos, ¿que hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús, que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto marcharse. Aleluya". (Hch 1,11)

Cristo, en su ascensión, muestra nuestro destino: La Patria Celestial
La Iglesia ha trasladado la celebración de la solemnidad de la Ascensión del Señor, que se celebra un jueves, al séptimo domingo de Pascua. Aun así se conserva el sentido del tiempo después de la resurrección del Señor, en que tienen lugar sus apariciones hasta el momento en el cual Él se levantó hacia lo alto, como lo relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 3). La Ascensión del Señor y su posterior glorificación cierran el misterio Pascual de Cristo, así se tiene la dimensión pascual completa de la Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y Exaltación. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata cómo los discípulos quedaron asombrados contemplando la ascensión de Jesús, y de inmediato se les aparecieron "dos hombres vestidos de blanco" que les preguntaron: "¿Por qué permanecen mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido llevado al cielo volverá así como lo han visto marcharse". También el Evangelio de San Mateo nos cuenta cómo el Señor Jesús, al ascender, le dice a sus discípulos: "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Estas descripciones de la Sagrada Escritura se convierten para nosotros en fuente de esperanza, porque nos aseguran que Cristo no se fue para dejarnos solos, sino que ascendió a los cielos para mostrarnos cuál es el verdadero destino de los hijos de Dios: entrar en el santuario del Padre, la patria celestial. Por otra parte, las palabras de los hombres de blanco hacia los discípulos deben resonar en nuestras mentes para que nos situen en la realidad y recordarnos que debemos trabajar para ser dignos de la gloria celestial, porque con la fiesta que celebramos hoy, vamos afirmando que nuestro camino no acaba con la muerte y en la nada, sino que nuestra vida se dirige a la plenitud de la paz y la gloria del cielo.

La Ascensión del Señor

"Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto marcharse. Aleluya" (Hch 1, 11)

"No nos quedemos mirando al cielo" El Señor asciende al cielo, es decir, nos deja el compromiso de ver cuál es la meta de nuestra vida. El se presentó como "el Camino"; ahora entendemos mejor que seguirlo es el camino seguro para heredar la vida eterna. "No nos quedemos mirando el cielo" como aquellos hombres. Sigamos con los pies en la tierra, continuemos pisando nuestro mundo lleno de cosas positivas y negativas. No podemos ser ciegos a la realidad que nos corresponde vivir. Es necesario levantar la mirada a lo alto y pedir la fuerza divina para no enfrentar la vida con las fuerzas humanas sino con la fuerza de Dios. Jesús no nos abandona, simplemente se distancia para que cada uno de nosotros tome el lugar que le corresponde y luche por continuar esa obra de Dios. Comienza el tiempo de la presencia de Dios; su Espíritu será quien guie nuestro caminar cada uno dará lo mejor de sí para que el Reino de Dios sea creíble. "Regresaron a Jerusalén llenos de gozo". Después de celebrar esta solemnidad de la Ascensión del Señor, debemos regresar gozosos, porque sabemos que no estamos solos. Sin las pruebas de la vida, nuestra fe seria muy fácil de vivir; en ellas la fe se fortalece y nos llenan de valor. Ahora es el tiempo de cumplir con nuestra tarea de ser discípulos del Señor. El ha confiado en nosotros y no podemos fallarle. Debemos regresar a nuestra realidad pero con la fuerza que recibimos de lo Alto. Cada vez que celebramos la Eucaristía, rezamos el Rosario, hacemos un acto de Piedad, hagámoslo para impregnar esa realidad de la vida de Dios, de lo que nos llenamos con el Pan Eucarístico y de la Palabra. Ascender es seguir mostrando el camino de Dios a toda persona que se cruza en nuestra vida, con palabras, enseñanzas, hechos y sobre todo con el ejemplo desde el silencio.