Gracias Señor por todo lo que nos ofreces !!!!

Señor Jesús, te damos gracias porque te has revelado a nosotros tal y como eres y no te has reservado nada para ti. También te damos gracias, amado Jesús, porque cuentas con nosotros para la construcción de tu reino y para la transformación del mundo. Somos conscientes de nuestros errores, por eso te suplicamos Señor, que nos perdones y que nos permitas servirte como tú lo mereces. Hoy te queremos recomendar especialmente a quienes desconocen o no te han dado el lugar que mereces en sus vidas, para que toques sus corazones y les termitas ver que Tú eres nuestro Salvador, nuestro único y verdadero bien. Virgen María, mujer entregada a la voluntad del Padre, gracias por permitirnos confirmar y ser vehículo de fidelidad a tu Hijo, ya que el demonio es fuerte y busca constantemente alejarnos de su amor, gracias por darnos fortaleza con tu ejemplo y perseverancia. Amén

Domingo de Pascua: Cristo ha Resucitado !!!!

Se celebra hoy el gran misterio, fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las Escrituras. No es difícil imaginar cuales serían, en aquel momento, los sentimientos de las mujeres que seguían a Jesús y a los apóstoles: sentimientos de tristeza y desaliento por la muerte de su Señor, sentimientos de incredulidad y estupor ante un hecho demasiado sorprendente para ser verdadero. Sin embargo, la tumba estaba abierta y vacía: ya no estaba el cuerpo. Pedro y Juan, avisados por las mujeres, corrieron al sepulcro y verificaron que ellas tenían razón. La fe de los apóstoles en Jesús, el Mesías esperado, había sufrido una dura prueba por el escándalo de la cruz. Pero ahora, al ver las vendas en el suelo, empiezan a comprender, especialmente Juan, que todo lo que decían las Escrituras se estaba cumpliendo. Hoy es un día para estar alegres, como nos dice el salmo del día de hoy: «éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117 (118), 24). Nuestra vida ha adquirido una nueva dimensión porque ya no estamos destinados a la muerte definitiva sino a la plenitud. Alegrémonos con toda la Iglesia, que celebra con gozo este domingo de resurrección, y entonemos: ¡Aleluya, el Señor ha resucitado, aleluya!

Sabado Santo: No está aquí, ha resucitado, como había dicho.

(Papa Benedicto XVI) El Sábado Santo es el día en el que la liturgia calla, el día del gran silencio, en el que se invita a los cristianos a mantener un recogimiento interior para prepararse mejor a la Vigilia pascual. En muchas comunidades, se organizan retiros espirituales y encuentros de oración mariana para unirse a la Madre del Redentor, que espera con trepidante confianza la resurrección de su Hijo crucificado. En la Vigilia pascual, el velo de tristeza que envuelve a la Iglesia por la muerte y la sepultura del Señor será rasgado por el grito de victoria: ¡Cristo ha resucitado y ha vencido para siempre a la muerte! Entonces podremos comprender verdaderamente el misterio de la cruz. “Dios crea prodigios incluso en lo imposible escribe un autor antiguo- para que sepamos que sólo Él puede hacer lo que quiere. De su muerte procede nuestra vida, de sus llagas, nuestra curación, de su caída, nuestra resurrección, de su descenso, nuestra elevación” (Anónimo). Animados por una fe más sólida, en el corazón de la Vigilia pascual acogeremos a los recién bautizados y renovaremos las promesas de nuestro bautismo. Así experimentaremos que la Iglesia está siempre viva, que siempre rejuvenece, que siempre es bella y santa, porque está fundada sobre Cristo que, tras haber resucitado, ya no muere nunca más. Queridos hermanos y hermanas, el misterio pascual, que el Triduo sacro nos hace revivir, no es sólo recuerdo de una realidad pasada: es una realidad actual. También hoy Cristo vence con su amor al pecado y a la muerte. El mal, en todas sus formas, no tiene la última palabra. El triunfo final es de Cristo, de la verdad y del amor. Como nos recordará San Pablo en la Vigilia pascual, si con Él estamos dispuestos a sufrir y morir, su vida se convierte en nuestra vida (Rm 6, 9). En esta certeza se basa y se edifica nuestra existencia cristiana. Invocando la intercesión de María Santísima, que siguió a Jesús por el camino de la pasión y de la cruz, y lo abrazó antes de ser sepultado, les deseo a todos que participen con fervor en esta Vigilia pascual para experimentar la alegría de la Pascua junto con todos nuestros seres queridos.

Viernes Santo: ¡Cristo Muere en la Cruz por Amor!

Hoy contemplamos la Muerte de Cristo en la Cruz por amor a los hombres. El Papa Francisco nos recuerda que “en el Viernes Santo, que es día de penitencia y ayuno, conmemoraremos la Pasión y la Muerte de Jesús, permaneciendo absortos en adoración de la Cruz. «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la Salvación del mundo». En el Calvario, el Hijo de Dios cargó sobre sí nuestros pecados, ofreciéndose al Padre como víctima de expiación. Desde la Cruz, fuente de nuestra salvación, brota la vida nueva de los hijos de Dios. Con la muerte en Cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y ha puesto en el mundo las bases de una convivencia fraterna entre todos. En Cristo, el ser humano frágil, y que anhela la felicidad, ha sido rescatado de la esclavitud del maligno y de la muerte, que engendra tristeza y dolor. La Sangre del Redentor ha lavado nuestros pecados. Así hemos experimentado la fuerza renovadora de su perdón. La misericordia divina abre el corazón al perdón de los hermanos, y, con el perdón ofrecido y recibido, es como se construye la paz en las familias y en todos los demás ambientes de vida.” Hoy no se celebra la Eucaristía en todo el mundo. El altar luce sin mantel, sin Cruz, sin velas ni adornos. Los ministros ordenados se postran en el suelo y la asamblea permanece de rodillas ante el altar al comienzo de la celebración de la Pasión del Señor y de la Adoración de la Santa Cruz. Son la imagen de la humanidad hundida y oprimida, y al tiempo penitente, que implora perdón por sus pecados. Sus ornamentos son de color rojo, el color de los mártires: de Jesús, el Primer Testigo del amor del Padre y de todos aquellos que, como Él, dieron y siguen dando su vida por proclamar la liberación que Dios nos ofrece. El Mesías se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de Cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte Redentora, muerte que nos da vida. Que hoy, al celebrar el Vía Crucis, la Pasión y Adoración de la Cruz, junto con el Sermón de las Siete Palabras y el descendimiento del Señor al Sepulcro, contemplemos desde nuestra vida a Jesús que nos otorgó la Salvación a precio de su Sangre desde el madero de la Cruz.

Viernes Santo: Nuestra Señora de los Dolores

Festejar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores significa unirnos a su camino al pie de la Cruz, donde se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (Lc 2, 35). Igual que el Señor Jesús lloró (Jn 11, 35), también María Santísima lloró ante el cuerpo maltratado de su amadísimo Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo es un dolor, que ha sido representado por las siete espadas que atraviesan su humilde corazón. Este sufrimiento la ha guiado a la perfección (Hb 2, 10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (Jn 19, 30): convertirse en la Madre de los hombres, de los que sufren, de los desamparados. En la figura del discípulo a quien Jesús amaba, el señor nos encomienda a María y nos da la seguridad de que ella no nos abandonará: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26-27). "La Virgen María está en el gozo y la gloria de la Resurrección. La lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podría extinguir" (Papa Benedicto XVI) y, debido a esto, su compasión maternal por cada uno de nosotros sigue encendida. La Virgen María ama a cada uno de sus hijos, especialmente a los que cargan cruces injustas como su Hijo: a ello los fortalece y nunca se aparta de su lado. Hermanos, que este Viernes Santo nos permita abandonarnos en las manos de la Santísima Virgen María, para que sea ella quien interceda por nuestros sufrimientos ante el Padre, y alcancemos por sus méritos, la vida verdadera. Encomendamos de manera especial a todas aquellas madres que esta semana han perdido a sus hijos por causa de la violencia, el abandono, los vicios o los accidentes, para que Tú, Madre divina y gloriosa, los confortes, ya que Tú misma has sentido el dolor de la pérdida y nunca perdiste la fe en el Señor.

Jueves Santo: La Cena del Señor

Termina la Cuaresma. En la tarde de hoy iniciamos el inicio del Sagrado Triduo Pascual, es decir, los últimos días de la Semana Santa, donde conmemoraremos la Última Cena, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En las horas de la mañana (si no se ha celebrado en días anteriores), el Obispo de la Diócesis, junto con sus sacerdotes, diáconos y el pueblo de Dios congregado, bendice el Óleo de los Catecúmenos (para el Bautismo) y el Óleo de los enfermos (Unción para los enfermos o personas que se encuentran débiles por la vejez), y consagra el Crisma (para el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal), que sirven para la administración de los Sacramentos en los cristianos. Además, en esta misma Celebración Eucarística, los Sacerdotes hacen la Renovación de sus Promesas Sacerdotales, que hicieron públicamente el día de su Ordenación. El Santo Triduo Pascual, inicia en la tarde con la Celebración de la Última Cena, o Misa vespertina del Jueves Santo, donde Cristo instituye el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento del Orden Sacerdotal y nos deja el Mandamiento nuevo del Amor, bajo el signo del Lavatorio de los pies, manifestado en el servicio al prójimo. El Papa Francisco nos dice: este gesto “es conmovedor. Jesús que lava los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn. 13,12-15). Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros: «yo estoy a tu servicio». Y, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos los unos a los otros. Así pues, Jesús en el Sacramento de la Eucaristía quiso quedarse con nosotros, haciéndose nuestro alimento de salvación”. “Tomad y comed, tomad y bebed. Haced esto en conmemoración mía”. Para ello, deja el Sacramento del Orden Sacerdotal, hombres tomados de entre hombres, consagrados para hacer presente a Cristo en la tierra. No puede haber Eucaristía sin Sacerdocio, ni Sacerdocio sin Eucaristía. Queridos hermanos, después de la Eucaristía, la Liturgia nos invita a permanecer en oración delante de Jesús Eucaristía. Velaremos en adoración con el Señor, cumpliendo el deseo que Él manifestó a los Apóstoles en el huerto de los Olivos: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt. 26, 38).

Oración para el inicio de la Semana Santa

Dios todopoderoso, Padre amoroso del pobre y del que sufre, te amos infinitas gracias por todas las bendiciones que derramas en nuestra vida, especialmente por tu Divina Palabra, ya que con ella nos guías y nos instruyes para que caminemos seguros hacia tu encuentro. Te suplicamos que nos perdones por tantas ocasiones en que hemos cerrado nuestros oídos y corazón para escucharla, dejándonos llevar por el egoísmo y la soberbia de creer que sin Ti podemos ser felices. Te rogamos, amado Padre, que enciendas en nosotros en fuego del amor por tu Palabra, para que nos veamos libres de todo sentimiento y actitud que esté en contra de tu santísima voluntad. Santísima Virgen María, Madre de la Palabra encarnada, te suplicamos que tomes nuestro corazón y lo dispongas en esta Semana Santa para que la Palabra de tu Hijo de frutos pascuales en nosotros, y seamos personas que transforman el mundo y construyan el reino de Dios. Amén.

Miercoles Santo: ¿Soy yo acaso, maestro?

(Papa Benedicto XVI) Mientras concluye el camino cuaresmal, que comenzó con el miércoles de Ceniza, la liturgia del miércoles santo ya nos introduce en el clima dramático de los próximos días, impregnados del recuerdo de la Pasión y Muerte de Cristo. En efecto, en la liturgia de hoy, el evangelista San Mateo propone a nuestra meditación el breve diálogo que tuvo lugar en el Cenáculo entre Jesús y Judas. « ¿Acaso soy yo, Rabbí?» (Mt 26, 25), pregunta el traidor del divino Maestro, que había anunciado: «yo os aseguro que uno de vosotros me entregará» (Mt 26, 21). La respuesta del Señor es lapidaria: «sí, tú lo has dicho» (Mt 26, 25). Por su parte, San Juan concluye la narración del anuncio de la traición de Judas con pocas, pero significativas palabras: «era de noche» (Jn 13, 30). Cuando el traidor abandona el Cenáculo, se intensifica la oscuridad en su corazón -es una noche interior-, el desconcierto se apodera del espíritu de los demás discípulos -también ellos van hacia la noche-, mientras las tinieblas del abandono y del odio se condensan alrededor del Hijo del Hombre, que se dispone a consumar su sacrificio en la cruz. En los próximos días, conmemoraremos el enfrentamiento supremo entre la Luz y las Tinieblas, entre la Vida y la Muerte. También nosotros debemos situarnos en este contexto, conscientes de nuestra “noche” de culpas y responsabilidades, si queremos revivir con provecho espiritual el Misterio pascual y si queremos llegar a la luz del corazón mediante este Misterio, que constituye el punto de apoyo de nuestra fe.

Acerquémonos al Sacramento de la Reconciliación

Señor Jesús, hoy nos presentamos ante Ti con un corazón contrito y arrepentido, ya que nuestro pecado y nuestra soberbia nos han alejado de Ti y han hecho de nosotros enemigos tuyos. Perdónanos, Señor, y concedenos el don de la conversión, para que seamos signos de tu Presencia en el mundo, personas de fe que se esfuerzan por construir un mundo donde reine el amor y la justicia. Santísima Virgen María, Madre de los corazones arrepentidos, te encomendamos a todos nuestros hermanos que se acercarán al Sacramento de la Reconciliación en esta Semana Santa, para que sea tu amoroso ejemplo el que los guíe y los sostenga en su proceso de conversión. Te entregamos, amada Madre, toda nuestra vida, para que la tomes y la presentes a tu Santísimo Hijo como una ofrenda de amor, como sacrificio en honor de su nombre. Amén.

Martes Santo: "Lo que tienes que hacer, hazlo enseguida";

La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia "elevacion" en su "hora". En realidad es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la Muerte y Resurrección. Esta "hora" comenzó con la traición de Judas (Jn 13,31) y culminará con la Ascensión de Jesús Resucitado al Padre. Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: "Ahora el glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en Él" (Jn 13, 31). El Evangelio de este día se refiere a la traición de Judas y su negativa a aceptar el amor predicando por Jesús. La hora de la Pasión a llegado, la glorificación del Mesías se acerca con prontitud y es anunciado por Él de manera muy clara; este anuncio seguido de la profecía sobre la negación de Pedro, es una llamada de atención a todos nosotros, los que seguimos a Cristo, a lo largo de nuestra vida. ¿Cuántas veces, impactados por las celebraciones litúrgicas, procesiones o representaciones que caracterizan a esta semana, unidos el clima penitencial propio, nos llevan a hacer una reflexión pronta y sin medida de nuestra vida, lo que culmina con una rápida conversión y un compromiso de mejorarla, que al paso de los días olvidamos? Cristo nos hace este llamado, en la persona de Pedro a rectificar nuestra actitud, a dar nuestra vida sin condiciones y con la seriedad propia que conlleva su entrega por nosotros. Este pasaje de San Juan tiene muchos elementos en común con la parábola del sembrador, en especial el punto en que se hace referencia a la semilla que cae entre piedras. Esa semilla crece pero por no tener raíz, se seca rápidamente. Muy revelador resulta este pasaje para nosotros, ya que podemos vernos representados en esa semilla sobre piedra. ¿Somos aquellos que al escuchar la Palabra de Dios, nos sentimos ilusionados con ella, pero al sentir el rigor que esto implica, renunciamos sin más lucha? Pongamos especial atención a la oración colecta y pidamos celebrar los misterios de la Pasión del Señor con tal fe que merezcamos su perdón, a fin de que desde lo más íntimo de nuestro ser, se suscite un cambio de vida y de actuación ante los demás.

Lunes Santo: La Unción de Jesús en la Cena de Betania

(Papa Benedicto XVI. Fragmento)
El relato evangélico de hoy confiere un intenso clima pascual a nuestra meditación: la cena de Betania es el preludio de la muerte de Jesús, bajo el signo de la unción que María hizo en honor del Maestro y que Él aceptó en previsión de su sepultura (Jn 12, 7). Pero también es anuncio de la Resurrección, mediante la presencia misma del resucitado Lázaro, testimonio elocuente del poder de Cristo sobre la muerte. Además de su profundo significado pascual, la narración de la cena de Betania encierra una emotiva resonancia, una mezcla de alegría y de dolor: alegría de fiesta por la visita de Jesús y de sus discípulos, por la resurrección de Lázaro y por la Pascua ya cercana, y amargura profunda porque ese acontecimiento podría ser el última, como hacían temer las tramas de los judíos, que querían la muerte de Jesús, y las amenazas contra el mismo Lázaro, cuya muerte se proyectaba. En este pasaje del Evangelio, hay un gesto sobre el que se centra nuestra atención y que también ahora habla de modo singular a nuestro corazón: en un momento determinado, María de Betania, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (Jn 12, 3). Habla del amor a Cristo, sobreabundante, pródigo, como el ungüento “muy caro” derramado sobre sus pies. Este hecho escandalizó a Judas Iscariote: la lógica del amor contrasta con la del interés económico. «Y toda la casa se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3). El aroma que se propagó fue el de la fe, de la esperanza y de la caridad. El Salmo responsorial ha puesto en nuestros labios palabras llenas de confianza: «espera en el Señor, sé valiente; ten ánimo, espera en el Señor» (Sal 26 [27], 14).