La Ley a practicar es la Caridad

En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: "¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?" Él les respondió: "Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos". Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. Mateo 17, 10-13

En la reflexión judía, así como David es el rey por excelencia, Elías es el profeta por excelencia y en la era mesiánica, tanto David como Elías, regresarían para darle a Israel el esplendor y la gloria que un día tuvieron y que perdieron. Dios levantaría para su pueblo un nuevo rey y un nuevo profeta; el rey les devolvería la gloria y el profeta restauraría la amistad con Dios mediante la promulgación de una nueva alianza.

En Jesús tenemos al Mesías esperado que restaura el reino de Dios, pero con una nueva visión; no se trata de gloria ni honor, no se trata de poder y derrotas; se trata de servicio, de entrega, de solidaridad y de amor. Esta nueva visión, es preparada por Juan Bautista, el profeta movido por el espíritu de Elías, es decir, el mismo Espíritu de Dios, que no deja de llamar al hombre y al cristiano, al cambio de vida, a la justicia, al servicio, mediante la apertura a la ley de Dios que se resumirá siempre en caridad solidaria con el hermano que sufre.

Día de los Santos Ángeles Custodios - Octubre 02

Casi todas las páginas de la Revelación escrita, dice San Gregorio Magno, dan testimonio de la existencia de los Ángeles. Ya en el siglo II, Orígenes decía: “Los cristianos creemos que Dios nos designa un ángel a cada uno para que nos guíe y proteja”. En el Nuevo Testamento, aparecen en el Evangelio en tres momentos de la vida de Jesús: su infancia, en el episodio de las tentaciones en el desierto y en su agonía en el Huerto del Getsemaní. Son los testigos de la Resurrección y asisten, pues, a la Iglesia naciente, ayudando a los apóstoles y difundiendo el mensaje de la voluntad divina. Los Ángeles son citados más de trescientas veces en el Antiguo Testamento. Además del número de testimonios bíblicos, que justifica el culto particular que los cristianos les han tenido a los ángeles desde los primerísimo tiempos, es la naturaleza de estos “espíritus puros” la que estimula nuestra admiración y nuestra devoción. Ellos son, ante todo, mediadores de los mensajes de la verdad divina, iluminando el espíritu con la luz interior de la palabra. Los ángeles también cumplen la función de custodiar de las almas de los hombres, les sugieren las directrices divinas y son invisibles testigos de sus pensamientos más recónditos, así como de sus acciones buenas o malas. Basando la verdad de fe en la misma afirmación del Redentor, la Iglesia nos dice que a todo cristiano, desde el momento del Bautismo, se le confía a su propio ángel, que tiene la tarea de custodiarlo, guiarlo por el camino del bien e inspirarle buenos sentimientos, permitiéndole el acercamiento a Dios. La liturgia del 29 de septiembre, que celebra la fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, recuerda, al mismo tiempo, a todos los coros de ángeles pero, desde el siglo XVI, se comenzó a celebrar una fiesta distinta para los santos ángeles custodios, la cual el Papa Pablo V (1552-1621) extendió a toda la Iglesia en 1608.

Nuestra Señora de las Mercedes - Septiembre 24

La Santísima Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco, en 1218, recomendándole que fundara una comunidad religiosa que se dedicara a auxiliar a los cautivos que eran llevados a sitios lejanos. Esta advocación mariana nace en España y se difunde por el resto del mundo.

San Pedro Nolasco, inspirado por la Santísima Virgen, funda una orden dedicada a la merced (que significa obras de misericordia). Su misión era la misericordia para con los cristianos cautivos en manos de los musulmanes. Muchos de los miembros de la orden canjeaban sus vidas por la de presos y esclavos. Fue apoyado por el rey Jaime el Conquistador y aconsejado por San Raimundo de Peñafort.

San Pedro Nolasco y sus frailes muy devotos de la Virgen María, la tomaron como patrona y guía. Su espiritualidad es fundamentada en Jesús el liberador de la humanidad y en la Santísima Virgen, la Madre liberadora e ideal de la persona libre. Los mercedarios querían ser caballeros de la Virgen María al servicio de su obra redentora. Por eso la honran como Madre de la Merced o Virgen Redentora.

En 1272, tras la muerte del fundador, los frailes toman oficialmente el nombre de La Orden de Santa María de la Merced, de la redención de los cautivos, pero son mas conocidos como mercedarios. El Padre Antonio Quexal en 1406, siendo general de la Merced, dice: "María es fundamento y cabeza de nuestra orden".

Esta comunidad religiosa se ha dedicado por siglos a ayudar a los prisioneros y ha tenido mártires y santos. Sus religiosos rescataron muchísimos cautivos que estaban presos en manos de los feroces sarracenos.

El Padre Gaver, en 1400, relata como La Virgen llama a San Pedro Nolasco y le revela su deseo de ser liberadora a través de una orden dedicada a la liberación.

Nolasco la pide ayuda a Dios y, en signo de la misericordia divina, le responde La Virgen María diciéndole que funde una orden liberadora.

Desde el año 1259 los padres Mercedarios empiezan a difundir la devoción a Nuestra Señora de la Merced (o de las Mercedes) la cual se extiende por el mundo.

La Maleta

Un hombre murió. Al darse cuenta vio que se acercaba Dios y que llevaba una maleta consigo.
- Y Dios le dijo: Bien hijo es hora de irnos.
- El hombre asombrado preguntó: Ya? Tan pronto? Tenía muchos planes....
- Lo siento pero es el momento de tu partida.
- Que traes en la maleta? preguntó el hombre.
- Y Dios le respondió: Tus pertenencias!!!...
- Mis pertenencias?? Traes mis cosas, mi ropa, mi dinero?
- Dios le respondió: Eso nunca te perteneció, eran de la tierra.
- Traes mis recuerdos?
- Esos nunca te pertenecieron, eran del tiempo.
- Traes mis talentos?
- Esos no te pertenecieron, eran de las circunstancias.
- Traes a mis amigos, a mis familiares?
- Lo siento , ellos nunca te pertenecieron, eran del camino.
- Traes a mi mujer y a mis hijos?
- Ellos nunca te pertenecieron, eran de tu corazón.
- Traes mi cuerpo?
- Nunca te perteneció, ese era del polvo.
- Entonces traes mi alma?
-No! Esa es mía.
Entonces el hombre lleno de miedo, le arrebató a Dios la maleta y al abrirla se dio cuenta que estaba vacía..... Con una lágrima de desamparo brotando de sus ojos, el hombre dijo:
- Nunca tuve nada?
- Así es, cada uno de los momentos que viviste fueron solo tuyos. 

La vida es solo un momento...!! Un momento solo tuyo!!! Por eso, mientras estés a tiempo disfrútalo en su totalidad. Que nada de lo que crees que te pertenece te detenga.... Vive el ahora! Vive tu vida...!!! Y no te olvides de SER FELIZ, es lo único que realmente vale la pena! Las cosas materiales y todo lo demás por lo que luchaste, se quedan aquí! NO TE LLEVAS NADA! Valora a quienes te valoran, no pierdas el tiempo con alguien que no tiene tiempo para ti.

Que tan grande es tu fe?

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: "Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo". Entonces Jesús exclamó: "¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al muchacho". Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano. Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?" Les respondió Jesús: "Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe, al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes". Mateo 17, 14-20

Este pasaje nos cuestiona: ¿Qué tan grande es mi fe? 

Ya que las palabras de Jesús no son alegóricas, sino ilustrativas del inmenso poder que tenemos cuando verdaderamente creemos que Dios puede obrar en favor nuestro y de nuestros hermanos. Sin embargo, ha ocurrido en nuestro cristianismo que pensamos que las palabras de la Escritura son simples metáforas y que no tienen el poder que Jesús les comunicó; que en realidad nosotros no podremos hacer lo que ellas nos indican. La verdad es contraria totalmente a ese pensamiento, pues si Jesús nos dijo que podríamos hacerlo, eso quiere decir que lo podemos hacer, pues él no miente. Cuando nos dice que podemos imponer las manos y que los enfermos quedarán sanos, éstos sanarán, pues éstas son precisamente las señales que acompañarán a los que hayan creído (hayan tenido fe), esto es una tremenda verdad que debemos creer y vivir. Si bien es cierto que Dios nos ha dado la ciencia para ayudarnos a curar y sanar a los enfermos, también lo es que tenemos ese poder nosotros por lo que, mientras que llevamos a nuestros enfermos con el médico adecuado, le imponemos también las manos y pedimos a Jesús que realice lo que él mismo nos dijo que hiciéramos, para ver los resultados que él nos dijo que veríamos. Jesús termina diciendo en el texto de hoy que, “si tuviéramos un poquito de fe verdadera, nada sería imposible para nosotros. Palabras que realmente ponen a prueba nuestra fe, esa fe que duda de poder hacer muchas veces hasta lo cotidiano. 

Hermanos, Dios ha puesto en nosotros un poder que viene de su amor, basta que creamos y ese poder se libera en nosotros para obrar cosas grandes y maravillosas, sobre todo, en bien de nuestros hermanos.

La humildad nos hace grandes ante Dios

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?" Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños". Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Dos grandes enseñanzas nos vienen de este pasaje de la Escritura. 

El primero nos ayuda a entender que la grandeza del hombre, contrariamente a lo que el mundo nos diría, no está en ser el más importante (de la oficina, de la escuela, de la ciudad, del mundo), sino en el vivir con sencillez la vida, como lo hace un niño. El niño no se afana por estas ideas de nosotros los adultos. Su mundo infantil está lleno de pequeñas cosas, de sencillez, de mansedumbre y de inocencia.

El segundo, y que quizás hoy tiene una importancia capital, es el cuidado que debemos tener con los niños, sobre todo, en su formación. Nuestros niños crecen hoy expuestos a muchos y graves peligros en su formación. La televisión, los videojuegos, la falta de atención de muchos padres que, bajo la premisa del trabajo de ambos, los dejan crecer sin mucha tutela, hacen que nuestros pequeños pierdan rápidamente la inocencia; los hacemos adultos en unos cuantos años. 

Y lo más grave, es que se hacen adultos con criterios, muchas veces, contrarios al Evangelio. Su mundo hoy está formado por monstruos espaciales, armas, guerras, mujeres que distan mucho de ser el ideal femenino y una gran violencia. Es necesario que tomemos con seriedad lo que hoy nos dice Jesús: “El Padre no quiere que ninguno de estos niños se pierda”. La pregunta que surge es: Y tú, ¿qué vas a hacer?

Septiembre 12: Día del Santísimo Nombre de María

El 12 de septiembre la Iglesia Universal celebra la fiesta del Santísimo Nombre de María. “Y el nombre de la Virgen era María”, nos dirá el Evangelio. En la Sagrada Escritura y en la liturgia el nombre tiene un sentido más profundo que el usual en el lenguaje de nuestros días. Es la expresión de la personalidad del que lo lleva, de la misión que Dios le encomienda al nacer, la razón de ser de su vida.

El nombre de la Madre de Dios no fue escogido al azar. Fue traído del cielo. Todos los siglos han invocado el nombre de María con el mayor respeto, confianza y amor... Si los nombres de personajes bíblicos juegan papel tan importante en el drama de nuestra redención y están llenos de sentido, ¡cuánto más el de María!... Madre del Salvador, tenía que ser el más simbólico y representativo de su tarea en mundo y eternidad. El más dulce y suave, y, al mismo tiempo, el más bello de cuantos nombres se han pronunciado en la tierra después del de Jesús. Solo para los nombres de María y Jesús ha establecido la liturgia una fiesta especial en su calendario.

España se anticipó en solicitar y obtener de la Santa Sede la celebración de la fiesta del Dulce Nombre de María. Nuestros cruzados, después de ocho siglos de Reconquista, apenas descubierta América, pidieron su celebración en 1513. Cuenca fue la primera diócesis que la solemnizó.

La Virgen en sus distintas advocaciones, coronada de estrellas o atravesada de espadas dolorosas, resume en su culto los amores de la Península Ibérica. Creció bajo su manto, desde las montañas de Covadonga al iniciar la gran cruzada de Occidente, hasta terminarla invocando su nombre en aguas de Lepanto. La carabela de Colón descubriendo América, la prodigiosa de Magallanes dando la primera vuelta al mundo, bordarán también entre los pliegues de sus velas henchidas al viento, el dulce nombre de María, Reina y Auxilio de los cristianos.

Después de la derrota de Lepanto, los turcos se retiran hacia el interior de Persia. Cien años más tarde, con inesperado coraje, reaccionan y ponen sitio a Viena. Alborea límpido y radiante el sol del 12 de septiembre de 1663. El ejército cruzado ‑solo unos miles de hombres‑ se consagra a María. El rey polaco Juan Sobieski ayuda la misa con brazos en cruz. Sus guerreros le imitan. Después de comulgar, tras breve oración, se levanta y exclama lleno de fe: ¡Marchemos bajo la poderosa protección de la Virgen Santa María!»

Se lanzan al ataque de los sitiadores. Una tormenta de granizo cae inesperada y violenta sobre el campamento turco. Antes de anochecer, el prodigio se ha realizado. La victoria sonríe a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate invocando el nombre de María, vencedora en cien batallas. Inocencio XI extiende a toda la iglesia la festividad del dulce y santísimo nombre de María para conmemorar este triunfo de la Virgen.

«Y el nombre de la Virgen era María»... Preguntas: «¿quién eres?»> Con suavidad te responde: «Yo, como una viña, di aroma fragante. Mis flores y frutos son bellos y abundantes. Soy la madre del amor hermoso, del temor, de la santa esperaza. Tengo la gracia del camino y de la verdad. En mí está la esperanza de la vida» (cf. Si 24, 16‑21).

Dios nos habla hoy

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Mateo 11, 25-27

Hacer oración es muy sencillo, si entendemos que la mejor oración es la comunicación con el Padre a través de un lenguaje sencillo y hecho con humildad. Normalmente la gente dice:"Yo no sé hacer oración", y esto lo dicen porque no se han dado la oportunidad de acercarse a Dios; la oración no es algo complicado ni difícil, no es sólo para algunas personas que lo puedan hacer.

Jesús dice hoy que, es precisamente la gente sencilla, quien puede comprender el gran misterio de la oración. Orar no es otra cosa que dirigirse, con humildad y sencillez, a Dios como un amigo a otro con sus propias palabras. Es aquí en ese momento donde aprendemos a conocer, y por ende a querer y amar a Dios. No podemos amar a Dios y cumplir con el primer mandamiento, si no conocemos a Dios nuestro Padre. Una oración reflexiva nos lleva a profundizar en la Palabra y a entender que a través de la oración Cristo habla a nuestro corazón y da sentido a nuestras vidas.

Así le ha parecido bien al Padre. Dediquemos, pues, suficiente tiempo a nuestra oración personal y hagámosla con humildad y sencillez, pues así le gusta al Padre.

Asunción de Santa María Virgen

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Parroquia de Santo Tomás de Villanueva, Castelgandolfo 
Domingo 15 de agosto de 2010
Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más importantes del año litúrgico dedicadas a María santísima: la Asunción. Al terminar su vida terrena, María fue llevada en alma y cuerpo al cielo, es decir, a la gloria de la vida eterna, a la comunión plena y perfecta con Dios.

Este año se celebra el sexagésimo aniversario desde que el venerable Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, definió solemnemente este dogma, y quiero leer —aunque es un poco complicada— la forma de la dogmatización. Dice el Papa: «Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, por un solo y mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser elevada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos» (const. ap. Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 768-769).

Este es, por tanto, el núcleo de nuestra fe en la Asunción: creemos que María, como Cristo, su Hijo, ya ha vencido la muerte y triunfa ya en la gloria celestial en la totalidad de su ser, «en cuerpo y alma».

San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos ayuda a arrojar un poco de luz sobre este misterio partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe, es decir, el hecho de la resurrección de Cristo, que es «la primicia de los que han muerto». Inmersos en su Misterio pascual, hemos sido hechos partícipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Aquí está el secreto sorprendente y la realidad clave de toda la historia humana. San Pablo nos dice que todos fuimos «incorporados» en Adán, el primer hombre, el hombre viejo; todos tenemos la misma herencia humana, a la que pertenece el sufrimiento, la muerte y el pecado. Pero a esta realidad que todos podemos ver y vivir cada día añade algo nuevo: no sólo tenemos esta herencia del único ser humano, que comenzó con Adán, sino que hemos sido «incorporados» también en el hombre nuevo, en Cristo resucitado, y así la vida de la Resurrección ya está presente en nosotros. Por tanto, esta primera «incorporación» biológica es incorporación en la muerte, incorporación que genera la muerte. La segunda, nueva, que se nos da en el Bautismo, es «incorporación» que da la vida. Cito de nuevo la segunda lectura de hoy; dice san Pablo: «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Co 15, 21-23)».

Ahora bien, lo que san Pablo afirma de todos los hombres, la Iglesia, en su magisterio infalible, lo dice de María en un modo y sentido precisos: la Madre de Dios se inserta hasta tal punto en el Misterio de Cristo que es partícipe de la Resurrección de su Hijo con todo su ser ya al final de su vida terrena; vive lo que nosotros esperamos al final de los tiempos cuando sea aniquilado «el último enemigo», la muerte (cf. 1 Co 15, 26); ya vive lo que proclamamos en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Entonces podemos preguntarnos: ¿Cuáles son las raíces de esta victoria sobre la muerte anticipada prodigiosamente en María? Las raíces están en la fe de la Virgen de Nazaret, como atestigua el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 1, 39-56): una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acción divina, según lo que le anuncia el arcángel. La fe, por tanto, es la grandeza de María, como proclama gozosamente Isabel: María es «bendita entre las mujeres», «bendito es el fruto de su vientre» porque es «la madre del Señor», porque cree y vive de forma única la «primera» de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. Isabel lo confiesa en su alegría y en la del niño que salta en su seno: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (v. 45). Queridos amigos, no nos limitemos a admirar a María en su destino de gloria, como una persona muy lejana de nosotros. No. Estamos llamados a mirar lo que el Señor, en su amor, ha querido también para nosotros, para nuestro destino final: vivir por la fe en la comunión perfecta de amor con él y así vivir verdaderamente.

A este respecto, quiero detenerme en un aspecto de la afirmación dogmática, donde se habla de asunción a la gloria celestial. Hoy todos somos bien conscientes de que con el término «cielo» no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido. No. Nos referimos a algo mucho mayor y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con este término «cielo» queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros, no nos abandona ni siquiera en la muerte y más allá de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros. Para comprender un poco más esta realidad miremos nuestra propia vida: todos experimentamos que una persona, cuando muere, sigue subsistiendo de alguna forma en la memoria y en el corazón de quienes la conocieron y amaron. Podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una «sombra» porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Dios, en cambio, no pasa nunca y todos existimos en virtud de su amor. Existimos porque él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra «sombra». Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no sobrevive sólo una «sombra» de nosotros mismos, sino que en él, en su amor creador, somos conservados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.

Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos «cielo»: Dios es tan grande que tiene sitio también para nosotros. Y el hombre Jesús, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro. Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir, más bien, que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, «la vida del mundo futuro»: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, dijo un día Jesús (cf.Mt 10, 30). El mundo definitivo será el cumplimiento también de esta tierra, como afirma san Pablo: «La creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8, 21). Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el «mundo de Dios», un mundo que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir. En María elevada al cielo, plenamente partícipe de la resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana según el «mundo de Dios».

Oremos al Señor para que nos haga comprender cuán preciosa es a sus ojos toda nuestra vida, refuerce nuestra fe en la vida eterna y nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, hombres llenos de alegría que saben vislumbrar la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y con esta certeza viven, creen y esperan. Amén.

Nuestra Señora del Carmen

Hoy, 16 de julio, la Iglesia se viste de gala para celebrar la fiesta de NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, recordando el día en que, según la tradición carmelitana tardía, la Virgen entregara en una visión, el Escapulario del Carmen a San Simón Stock en el año 1251. Esta fiesta se estableció hacia el año 1380, en agradecimiento de la aprobación de la Regla Carmelita por el Papa Honorio III, pero solo en 1726 entró en el calendario romano. Ésta una de las fiestas marianas más populares y queridas en todo el continente Latinoamericano. Unidos, pues, a la familia carmelitana, y a cuantas llevan el nombre de Carmen, celebremos con gozo y especial devoción esta fiesta.
Meditación: 
QUERIDA VIRGENCITA DEL CARMEN: celebrar hoy tu fiesta es ver en las muchas plazas e Iglesias de América Latina, como también en tantas partes del mundo, las procesiones en las que el pueblo fiel y sencillo reza, baila, come y se alegra por la Madre de Dios. Virgen del Carmen, las canciones populares de tu fiesta dicen que tu eres la mejor de las vírgenes porque sabes preparar como nadie las mejores viandas y bebidas. No hay fiesta mariana tan introducida en el corazón del pueblo como ésta, la cual nos remonta a muchos siglos antes, cuando el profeta Elías, en el Monte Carmelo, venció a la idolatría con la afirmación plena del puro monoteísmo hebreo. El Carmelo era una región montañosa en Tierra Santa a donde muchos se retiraban para dedicarse al ayuno, la oración y la penitencia. En la edad media, estos grupos entraron en contacto con los cruzados que llegaban a Tierra Santa, y se organizaron en una orden religiosa llamada “los carmelitas”. A los comienzos pasaron por muchas penurias dificultades, por lo que el sexto general superior, San Simón Stock, acudió en tu ayuda. Tu, Virgen Santísima, como siempre solícita a las súplicas de los atribulados, acudes a su llamado y te apareces a San Simón Stock, entregándole un pequeño retazo de tela de color pardo con una abertura para introducir la cabeza: “Toma, le dices, este es mi escapulario, señal de mi amistad. Quien lo lleve será preservado del fuego eterno”. La tradición refiere que 70 años más tarde tu misma te apareces al Papa Juan XXII y le prometes que a todos los que lleven el escapulario del Monte Carmelo, les socorrerás cuando estuviesen en el fuego del purgatorio, liberándolos de este, el sábado siguiente a su muerte, con tal que evitasen al máximo el pecado y rezaran todos los días en tu honor. El escapulario se convirtió así en el emblema que garantizaba tu protección a todos sus hijos que acudían a ti en oración. Virgencita del Carmen, gracias por tu amor maternal, hoy en el día de tu fiesta te pedimos por todos nosotros y en especial por los que están en peligro de condenación. Ref: Radio Vaticano

He venido a llamar a los pecadores


En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús los oyó y les dijo: "No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Mateo 9, 9-13

Lo primero que debemos concluir es que no debemos dejarnos llevar por las apariencias. Muchos juzgamos solo con mirar el exterior, y Jesús nos enseña hoy a llamar a la mesa y llamar a nuestra vida al hermano que más lo necesita. Todos somos pecadores, en mayor o menor proporción, pero no hay nada mas fastidioso que comparar. Ante los ojos de Dios, lo que para nosotros puede ser muy malo, la justicia divina lo podrá observar de otra manera. 

Este pasaje, y en general todo el evangelio, nos muestra que precisamente éstos son el objeto de la evangelización. Ciertamente que no es fácil esta tarea, pues exige de parte del evangelizador una conciencia pura y una espiritualidad centrada en Dios, de tal manera que pueda ser luz en las tinieblas. De otra manera, las tinieblas pueden opacar, e incluso, apagar su luz. Por otro lado, Jesús, nos invita a recibir con gran amor y misericordia a aquellos que, a pesar de sus limitaciones en la conversión, están buscando llevar una mejor relación con Dios.

Recordemos que la conversión es un proceso y un camino; hay algunos hermanos que van más adelante y otros más atrás. Recuerda que si tú eres de los que van adelante, no eres mejor que el que va atrás, y que con la medida (misericordia) que midas, con esa misma serás medido. Abre tu corazón a los pobres, a los pecadores, de la misma manera que a los que están buscando amar más a Dios, pero que se debaten aún en el pecado.