Asunción de Santa María Virgen

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Parroquia de Santo Tomás de Villanueva, Castelgandolfo 
Domingo 15 de agosto de 2010
Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más importantes del año litúrgico dedicadas a María santísima: la Asunción. Al terminar su vida terrena, María fue llevada en alma y cuerpo al cielo, es decir, a la gloria de la vida eterna, a la comunión plena y perfecta con Dios.

Este año se celebra el sexagésimo aniversario desde que el venerable Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, definió solemnemente este dogma, y quiero leer —aunque es un poco complicada— la forma de la dogmatización. Dice el Papa: «Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, por un solo y mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser elevada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos» (const. ap. Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 768-769).

Este es, por tanto, el núcleo de nuestra fe en la Asunción: creemos que María, como Cristo, su Hijo, ya ha vencido la muerte y triunfa ya en la gloria celestial en la totalidad de su ser, «en cuerpo y alma».

San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos ayuda a arrojar un poco de luz sobre este misterio partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe, es decir, el hecho de la resurrección de Cristo, que es «la primicia de los que han muerto». Inmersos en su Misterio pascual, hemos sido hechos partícipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Aquí está el secreto sorprendente y la realidad clave de toda la historia humana. San Pablo nos dice que todos fuimos «incorporados» en Adán, el primer hombre, el hombre viejo; todos tenemos la misma herencia humana, a la que pertenece el sufrimiento, la muerte y el pecado. Pero a esta realidad que todos podemos ver y vivir cada día añade algo nuevo: no sólo tenemos esta herencia del único ser humano, que comenzó con Adán, sino que hemos sido «incorporados» también en el hombre nuevo, en Cristo resucitado, y así la vida de la Resurrección ya está presente en nosotros. Por tanto, esta primera «incorporación» biológica es incorporación en la muerte, incorporación que genera la muerte. La segunda, nueva, que se nos da en el Bautismo, es «incorporación» que da la vida. Cito de nuevo la segunda lectura de hoy; dice san Pablo: «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Co 15, 21-23)».

Ahora bien, lo que san Pablo afirma de todos los hombres, la Iglesia, en su magisterio infalible, lo dice de María en un modo y sentido precisos: la Madre de Dios se inserta hasta tal punto en el Misterio de Cristo que es partícipe de la Resurrección de su Hijo con todo su ser ya al final de su vida terrena; vive lo que nosotros esperamos al final de los tiempos cuando sea aniquilado «el último enemigo», la muerte (cf. 1 Co 15, 26); ya vive lo que proclamamos en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Entonces podemos preguntarnos: ¿Cuáles son las raíces de esta victoria sobre la muerte anticipada prodigiosamente en María? Las raíces están en la fe de la Virgen de Nazaret, como atestigua el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 1, 39-56): una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acción divina, según lo que le anuncia el arcángel. La fe, por tanto, es la grandeza de María, como proclama gozosamente Isabel: María es «bendita entre las mujeres», «bendito es el fruto de su vientre» porque es «la madre del Señor», porque cree y vive de forma única la «primera» de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. Isabel lo confiesa en su alegría y en la del niño que salta en su seno: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (v. 45). Queridos amigos, no nos limitemos a admirar a María en su destino de gloria, como una persona muy lejana de nosotros. No. Estamos llamados a mirar lo que el Señor, en su amor, ha querido también para nosotros, para nuestro destino final: vivir por la fe en la comunión perfecta de amor con él y así vivir verdaderamente.

A este respecto, quiero detenerme en un aspecto de la afirmación dogmática, donde se habla de asunción a la gloria celestial. Hoy todos somos bien conscientes de que con el término «cielo» no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido. No. Nos referimos a algo mucho mayor y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con este término «cielo» queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros, no nos abandona ni siquiera en la muerte y más allá de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros. Para comprender un poco más esta realidad miremos nuestra propia vida: todos experimentamos que una persona, cuando muere, sigue subsistiendo de alguna forma en la memoria y en el corazón de quienes la conocieron y amaron. Podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una «sombra» porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Dios, en cambio, no pasa nunca y todos existimos en virtud de su amor. Existimos porque él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra «sombra». Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no sobrevive sólo una «sombra» de nosotros mismos, sino que en él, en su amor creador, somos conservados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.

Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos «cielo»: Dios es tan grande que tiene sitio también para nosotros. Y el hombre Jesús, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro. Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir, más bien, que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y se va transformando. Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, «la vida del mundo futuro»: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, dijo un día Jesús (cf.Mt 10, 30). El mundo definitivo será el cumplimiento también de esta tierra, como afirma san Pablo: «La creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8, 21). Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el «mundo de Dios», un mundo que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir. En María elevada al cielo, plenamente partícipe de la resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana según el «mundo de Dios».

Oremos al Señor para que nos haga comprender cuán preciosa es a sus ojos toda nuestra vida, refuerce nuestra fe en la vida eterna y nos haga hombres de la esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, hombres llenos de alegría que saben vislumbrar la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y con esta certeza viven, creen y esperan. Amén.

Nuestra Señora del Carmen

Hoy, 16 de julio, la Iglesia se viste de gala para celebrar la fiesta de NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, recordando el día en que, según la tradición carmelitana tardía, la Virgen entregara en una visión, el Escapulario del Carmen a San Simón Stock en el año 1251. Esta fiesta se estableció hacia el año 1380, en agradecimiento de la aprobación de la Regla Carmelita por el Papa Honorio III, pero solo en 1726 entró en el calendario romano. Ésta una de las fiestas marianas más populares y queridas en todo el continente Latinoamericano. Unidos, pues, a la familia carmelitana, y a cuantas llevan el nombre de Carmen, celebremos con gozo y especial devoción esta fiesta.
Meditación: 
QUERIDA VIRGENCITA DEL CARMEN: celebrar hoy tu fiesta es ver en las muchas plazas e Iglesias de América Latina, como también en tantas partes del mundo, las procesiones en las que el pueblo fiel y sencillo reza, baila, come y se alegra por la Madre de Dios. Virgen del Carmen, las canciones populares de tu fiesta dicen que tu eres la mejor de las vírgenes porque sabes preparar como nadie las mejores viandas y bebidas. No hay fiesta mariana tan introducida en el corazón del pueblo como ésta, la cual nos remonta a muchos siglos antes, cuando el profeta Elías, en el Monte Carmelo, venció a la idolatría con la afirmación plena del puro monoteísmo hebreo. El Carmelo era una región montañosa en Tierra Santa a donde muchos se retiraban para dedicarse al ayuno, la oración y la penitencia. En la edad media, estos grupos entraron en contacto con los cruzados que llegaban a Tierra Santa, y se organizaron en una orden religiosa llamada “los carmelitas”. A los comienzos pasaron por muchas penurias dificultades, por lo que el sexto general superior, San Simón Stock, acudió en tu ayuda. Tu, Virgen Santísima, como siempre solícita a las súplicas de los atribulados, acudes a su llamado y te apareces a San Simón Stock, entregándole un pequeño retazo de tela de color pardo con una abertura para introducir la cabeza: “Toma, le dices, este es mi escapulario, señal de mi amistad. Quien lo lleve será preservado del fuego eterno”. La tradición refiere que 70 años más tarde tu misma te apareces al Papa Juan XXII y le prometes que a todos los que lleven el escapulario del Monte Carmelo, les socorrerás cuando estuviesen en el fuego del purgatorio, liberándolos de este, el sábado siguiente a su muerte, con tal que evitasen al máximo el pecado y rezaran todos los días en tu honor. El escapulario se convirtió así en el emblema que garantizaba tu protección a todos sus hijos que acudían a ti en oración. Virgencita del Carmen, gracias por tu amor maternal, hoy en el día de tu fiesta te pedimos por todos nosotros y en especial por los que están en peligro de condenación. Ref: Radio Vaticano

He venido a llamar a los pecadores


En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús los oyó y les dijo: "No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Mateo 9, 9-13

Lo primero que debemos concluir es que no debemos dejarnos llevar por las apariencias. Muchos juzgamos solo con mirar el exterior, y Jesús nos enseña hoy a llamar a la mesa y llamar a nuestra vida al hermano que más lo necesita. Todos somos pecadores, en mayor o menor proporción, pero no hay nada mas fastidioso que comparar. Ante los ojos de Dios, lo que para nosotros puede ser muy malo, la justicia divina lo podrá observar de otra manera. 

Este pasaje, y en general todo el evangelio, nos muestra que precisamente éstos son el objeto de la evangelización. Ciertamente que no es fácil esta tarea, pues exige de parte del evangelizador una conciencia pura y una espiritualidad centrada en Dios, de tal manera que pueda ser luz en las tinieblas. De otra manera, las tinieblas pueden opacar, e incluso, apagar su luz. Por otro lado, Jesús, nos invita a recibir con gran amor y misericordia a aquellos que, a pesar de sus limitaciones en la conversión, están buscando llevar una mejor relación con Dios.

Recordemos que la conversión es un proceso y un camino; hay algunos hermanos que van más adelante y otros más atrás. Recuerda que si tú eres de los que van adelante, no eres mejor que el que va atrás, y que con la medida (misericordia) que midas, con esa misma serás medido. Abre tu corazón a los pobres, a los pecadores, de la misma manera que a los que están buscando amar más a Dios, pero que se debaten aún en el pecado.

Cada uno de nosotros debe ser un pastor


En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: "Nunca se había visto nada semejante en Israel". Pero los fariseos decían: "Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios". Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos". Mateo 9, 32-38

Hoy Jesús nos recuerda que no estamos ni viajamos solos. Jesús viendo a estas personas que necesitaban de alguien que los instruyera, que los ayudara a mejorar su vida, a descubrir y construir el Reino de los cielos, dice la Escritura que: "Tuvo compasión de ellos". 

Si la evangelización y la promoción social, a la que nos invita el Evangelio, no avanza, o no avanza como debiera, es porque a muchos de los cristianos nos falta "sentir compasión" de aquellos que no conocen la verdad del Evangelio, porque sólo pensamos en nosotros mismos, porque es suficiente que yo conozca a Jesús, me reúna con mis hermanos a orar y a dar gloria a Dios, sin pensar que, también nosotros, somos el medio para que otros lo conozcan y lo amen; porque si el Evangelio se separa de la caridad y del servicio, se convierte en una filosofía. El Evangelio hay que vivirlo y practicarlo, y es muy sencillo hacerlo, y es a través del amor al prójimo como se logra con facilidad.

Debemos orar al Señor que envíe operarios a la mies. Sí, pero sería más importante, al menos en estos momentos de la historia, orar para que el Señor nos haga reconocer, en nosotros mismos, a estos operarios, para que el Señor verdaderamente mueva nuestro corazón a la compasión por los demás y al celo por el Evangelio.

La Fe nos sorprenderá: Jesús nos ama


En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir". Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su manto, me curaré". Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: "Hija, ten confianza; tu fe te ha curado". Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer. Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: "Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida". Y todos se burlaban de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Mateo 9, 18-26

La carta a los Hebreos dice: "Jesucristo es el mismo de ayer, de hoy y por siempre". Sin embargo, nuestro mundo tecnificado y lleno de agitación y de autosuficiencia, nos ha llevado a crear una imagen reducida del Señor.

El evangelio de hoy, con dos pasajes en los cuales Jesús, por medio de dos grandes milagros, nos muestra, no solo su poder sino su identidad como Hijo de Dios, como verdadero Dios, debía llevarnos de nuevo a reflexionar en la imagen que tenemos sobre Jesús. Muchas veces pensamos que trabajamos solos, que debemos resolver todos nuestros problemas solos, que debemos recurrir a Jesús sólo cuando las cosas han llegado a tal grado que no podemos más (enfermedad, crisis económica). Sin embargo, Jesús nos acompaña con su poder y su amor a lo largo de todo nuestro día. 

Él es capaz de cambiar el rumbo de nuestra actividad y de toda nuestra vida, es Dios, es el Emmanuel, el "Dios con nosotros". El elemento común en estos dos episodios es la fe: tanto el jefe de la sinagoga, como la mujer con el flujo de sangre, fueron capaces de reconocer en Jesús, al verdadero Dios, al Dios que cambia la historia y la lleva a la plenitud. Dejemos que Jesús tome el control de nuestra vida cotidiana; nos SORPRENDEREMOS de ver el poder de Dios todos los días.

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Patrona de Colombia

Hacia el año 1563, Don Antonio de Santana, jefe español del pueblo de Sutamarchán, lleva a la capilla de su pueblo una imagen que, con el apoyo del Hermano Andrés Jadraque. O.P., ha ordenado pintar al artista Alonso de Narváez en Tunja. El encargo era pintar la Virgen del Rosario, pero como sobraba tela a los lados, Alonso pintó al lado derecho a San Antonio de Padua, fraile Franciscano, por ser el nombre del encomendero y, al lado izquierdo, a San Andrés, apóstol, por ser el nombre del fraile que lo agenciaba. El cuadro es colocado en la Capilla de Sutamarchán pero, como el techo era de paja, poco a poco le empezaron a caer goteras y, unos años después, la pintura estaba casi borrada. En 1578, el cuadro estaba tan borroso y deteriorado que el párroco, Padre Leguizamón, lo hace quitar del altar y lo envía a la finca que el Sr. Santana tiene en Chiquinquirá: la “Aposentos”. En 1585, llega de España una mujer humilde llamada María Ramos, familiar de la esposa de Don Antonio de Santana, y se va a trabajar como doméstica a la casa de ellos en Chiquinquirá. Allí, ella encuentra el cuadro que había sido quitado de la Capilla de Sutamarchán hacía siete años por estar demasiado viejo y borrado, pero que ahora sí estaba bastante deteriorado. La piadosa mujer lo observa y, al ser informada de que en un tiempo fue una imagen de la Santísima Virgen, se dedica a quitarle el polvo y la mugre, y lo cuelga en una especie de marco. María Ramos pasa largos ratos de rodillas allí ante el borroso cuadro en oración, pidiendo que pueda contemplar claramente a la Virgen. Dice la crónica de aquel tiempo: “así las cosas, el día 26 de diciembre de 1586, a eso de las 9 de la mañana, pasaba una indígena cristiana llamada Isabel que llevaba en la mano a su hijo de 4 años llamado Miguel y, al pasar por frente a la Capilla, vio cómo la imagen de la Madre de Dios estaba en el suelo despidiendo de sí un resplandor celestial. Quedó asombrada la indígena y dijo en altas voces a María Ramos: ‘mire señora que la Madre de Dios se ha bajado del sitio donde estaba y parece que se está quemando’. En ese instante, María Ramos vio que la imagen de la Santísima Virgen estaba completamente renovada”. El suceso de la renovación se conoció por todos los alrededores y, por las muchas señales y prodigios, comenzó la veneración a la Virgen, que ha ido aumentando día a día. Pío XI, a solicitud del arzobispo de Santafé de Bogotá (en ese entonces, Chiquinquirá pertenecía a la Arquidiócesis de Bogotá), concedió en 1829 que se honrara a la Santísima Virgen con la singular solemnidad de oficio y misa propios, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, y la declaró Patrona principal de la Arquidiócesis de Bogotá. El 9 de julio de 1919, todos los obispos de Colombia, reunidos con el Presidente de la República, Marco Fidel Suárez, la declararon Patrona principal de Colombia. Nos decía Pío XII: “Colombia es jardín mariano, entre cuyos santuarios domina, como sol entre las estrellas, Nuestra Señora de Chiquinquirá”. El 3 de julio de 1986 el Papa Juan Pablo II visitó el santuario y oró por la paz de Colombia a los pies de la Virgen María.

No perdernos en el camino

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca. Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia". El les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?" Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. Lucas 2, 41-51

Si nos imaginamos la angustia de los padres al no poder encontrar a Jesús, y la trasladáramos a nuestros días, veríamos un episodio de mucho dolor y preocupación. Lógicamente las condiciones de inseguridad no son las mismas que vivimos hoy, pero no dejaría de ser angustiante. Dios ha querido que María sea la madre de todos nosotros, los discípulos del Señor, podemos imaginar que esta experiencia se repite continuamente en el cielo cuando alguno de nosotros se pierde, cuando se aleja de Dios y por ende, de ella. 

Ciertamente Jesús se quedó en el templo sin avisarle a sus padres, lo cual produjo una gran angustia a nuestra madre. El problema es que nosotros no nos perdemos por quedarnos en la casa de Dios, sino todo lo contrario. Por ello, debemos de tomarnos fuertemente de la mano de María Santísima para que no nos vayamos a perder. 

Su corazón inmaculado es el mejor lugar en donde podemos estar, pues en él encontramos siempre la ternura y el amor de nuestra Madre Santísima que nos instruye interiormente y nos dirige a Jesús. La presencia del Espíritu en total plenitud en su corazón, se convierte en luz y alegría para nuestras vidas. Si mucha gente vive perdida en el mundo es porque no se ha tomado con fuerza de la mano de nuestra Madre Amada y porque no ha hecho de su corazón, el lugar de encuentro con Dios.

¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: "Señor, ¡sálvanos, que perecemos!" Él les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?" Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: "¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?" Mateo 8, 23-27

En medio de este mundo en el que falta para muchos el trabajo y hay quienes sufren por las enfermedades, las guerras y las epidemias que nos agobian, ¿podríamos decir que nuestra fe en Cristo permanece firme? 

Muchos hermanos, para los cuales la vida en los últimos años se ha hecho pesada, podrían estar tristes y apesadumbrados, incluso con miedo ante el incierto porvenir. Jesús nos dice hoy a todos: "no tengan miedo, hombres de poca fe". Jesús, a pesar de todo lo que nos parece, está a nuestro alrededor, navega con nosotros. Él mismo nos lo dijo: "Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos". Si los vientos se encrespan y el mar de la vida se agita, Jesús está con nosotros. 

Quizás duerme, pero está con nosotros. Mientras despierta, debemos achicar el agua, y remar hacia la orilla; de una cosa estamos seguros: Jesús no permitirá que la barca en la cual vamos naufrague. Si en tu vida la crisis ha llegado a tal punto que piensas que naufragarás, no pierdas la fe, despierta al Maestro, que él con una voz calmará todas tus ansiedades y pondrá serenidad en tu vida.

‘Comunistas le robaron la bandera a la Iglesia’: Papa

El papa Francisco ha atacado a
menudo el sistema económico
mundial por la desigualdad. Efe
Ciudad del Vaticano (AFP). El papa Francisco afirmó ayer que los comunistas se han apropiado de la bandera del cristianismo, en una entrevista a Il Messaggero, en la que también afirmó su “neutralidad” en el Mundial de Brasil.

“Usted pasa por ser un papa comunista, de los pobres, populista. The Economist, que le ha dedicado una portada, afirma que habla como Lenin. ¿Se reconoce en esto?”, preguntó el diario romano. “Solo digo que los comunistas nos han robado la bandera. La bandera de la pobreza es cristiana. La pobreza está en el centro del Evangelio”, respondió el papa Francisco.

En su respuesta evocó también “las Beatitudes, otra bandera” que tienen en común el cristianismo y el comunismo, dado que las Beatitudes se concentran en confortar a “quienes lloran”, “quienes tienen hambre y sed de justicia”, etc.

“Los comunistas dicen que todo esto es comunismo. Sí, como no, 20 siglos después. Entonces podríamos decir de ellos: vosotros sois cristianos”, añade entre risas, según el vaticanista Franca Giansoldati que se reunió con él.

En otra parte de la entrevista, la periodista le preguntó sobre su preferencia durante el Mundial de Fútbol en Brasil. “Santo Padre, ¿con quien va?”

El papa le respondió: “Yo con nadie, de verdad. He prometido a la presidenta de Brasil (Dilma Roussef) mantenerme neutro”.

El día de la apertura del Mundial, el papa Francisco deseó que la competición se celebrara “en un espíritu de verdadera fraternidad”, de “solidaridad entre los pueblos”.

“El protocolo según el cual todos seremos juzgados: he tenido sed, he pasado hambre (...)”.

Papa Francisco
JERARCA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Sagrado Corazón de Jesús - Junio 27

Por: Beato Juan Pablo II
Celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Este Corazón comenzó a latir en el seno de María Santísima y, desde entonces, le ha traído al mundo el fuego del amor de Dios. Esta devoción encierra un mensaje para todo hombre, habla también al mundo de hoy. En una sociedad en la que lo virtual se desarrolla a un ritmo creciente y la gente se siente atraída por una infinidad de intereses, a menudo contrastantes, el hombre corre el riesgo de perder el centro de sí mismo. 

Al mostrarnos su Corazón, el Señor nos recuerda ante todo que allí, en la intimidad de la persona, es donde se decide el destino de cada uno, la muerte o la vida en sentido definitivo. Él mismo nos da en abundancia la vida, que permite a nuestro corazón, endurecido a veces por la indiferencia y el egoísmo, abrirse a una forma de vida más elevada. El Corazón de Cristo crucificado y resucitado es la fuente inagotable de Gracia, donde todo hombre puede encontrar siempre. Esta es la verdad que proclamamos. ¡Cuánta sangre se ha derramado injustamente en el mundo! ¡Cuánta violencia, cuánto desprecio por la vida del prójimo! ¡Cuántas personas mueren o asesinan en un país gracias a que sus reyes, primeros ministros, presidentes o senadores se van a países extranjeros a pasear y gestionar el desempleo de sus compatriotas solo para darles unas ganancias adicionales a sus “amigos”! 

Esta humanidad, a menudo herida por el odio y la violencia, necesita experimentar, ahora más que nunca, la eficacia de la Sangre redentora de Cristo, la cual no fue derramada en vano, sino que porta toda la fuerza del Amor de Dios y es prenda de esperanza, de rescate y de reconciliación. Pero, para sacar de esta fuente, es necesario volver a la Cruz de Cristo, fijar la mirada en el Hijo de Dios, en su Corazón traspasado. Al pie de la Cruz, estaba María, copartícipe de la Pasión de su Hijo. Ella ofrece su Corazón de Madre como refugio a todo el que busca perdón, esperanza y paz, lo cual queda plenamente manifestado en la fiesta de su Corazón Inmaculado. María enjugó la Sangre de su Hijo crucificado. A Ella le encomendamos la sangre de las víctimas de la violencia para que sea rescatada por la que Jesús derramó para la salvación del mundo. 

La celebración de la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús fue establecida para toda la Iglesia por León XIII con la carta encíclica Annum sacrum. En ella, nos impulsa en primer lugar a dar gracias «al que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1,5-6). Esta feliz circunstancia es, además, muy oportuna para reflexionar en el significado y el valor de ese importante acto eclesial.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Celebramos hoy la función sacerdotal de Jesús, quien, ofreciéndose a sí mismo, se constituye en Sumo y Eterno Sacerdote. Si de manera ordinaria hay que orar por los sacerdotes para que puedan realizar su ministerio con la misma alegría que Cristo, se nos propone, como un día especial, pedir al Señor que actualice, en cada uno de nuestros sacerdotes, la gracia que recibieron el día de su ordenación y los configure a su imagen para amar a la comunidad y así poder continuar ofreciéndole el sacrificio agradable a Dios: la Eucaristía. Los sacerdotes de todo el mundo encuentran su referencia ministerial en el Sacerdocio de Cristo. Por ello, cuando el sacerdote ejerce una acción sacramental es el Señor quien la realiza. Así cuando bautiza es Salvador quien bautiza, cuando consagra el vino y el pan, es el mismo Maestro quien lo realiza. Por esta razón, en muchas partes del mundo, este día es considerado como la fiesta del sacerdote ministerial, pero también es una buena oportunidad para reflexionar sobre el sacerdocio común de los fieles. La carta a los Hebreos es el único libro del Nuevo Testamento que manifiesta que Jesús era sacerdote. A partir de esa afirmación, nos podemos preguntar lo siguiente: ¿cómo es el sacerdocio de Jesucristo? El autor de la carta responde que Jesús se convirtió en sacerdote al resucitar. Al no nacer de la tribu de Leví (propia de los sacerdotes), abolió la exclusividad y abrió el sacerdocio a todos los hombres. Todos los bautizados participamos del sacerdocio común de Cristo. Jesús no fue “ordenado” sacerdote con un rito especial, sino que llegó a serlo por cumplir fielmente la voluntad de Dios, mostró que todos los cristianos, cuando practicamos el amor al prójimo y obedecemos al Padre que está en el cielo, ejercemos la misma clase de sacerdocio que Él nos enseña en su Palabra.
Tomado: Revista Minutos de Amor / Junio 26